Según
la leyenda, el Gran Akira Kurosawa habría
dicho, durante la filmación de "Dersu
Urzala", que una gran película es
aquella que tiene alguna escena digna de ser
recordada y mencionada por los espectadores
a lo
largo de los años.
Borges,
en varios reportajes, expresó un concepto
similar cuando sólo reclamó para
su mérito literario el haber escrito
una página que valiera la pena, no más.
Cuando
mi tío Francisco Plesinger - el checoeslovaco
anarquista que siempre discutía con mi
viejo, quien nunca le perdonó que se
casara con la Beba, su hermanita del alma -
levantaba las paredes de las casas que construía
por profesión y vocación, se vanagloriaba
por una hilera de ladrillos colocada perfectamente
en el lugar debido, como mandan las
leyes eternas del hilo, la plomada y el nivel.
Una
escena, una frase, una hilera de ladrillos.
Partes de un todo al cual sustentan y distinguen,
como las gotas del buen aceite y el noble vinagre
elevan a la modesta lechuga, a la vulgar cebolla
y al fanfarrón tomate a la categoría
de un plato exquisito merecedor
de tantos nombres en las distintas cartas gastronómicas
a lo largo y a lo ancho del mundo.
Porque
al fin y al cabo - una película es una
ensalada preparada para la satisfacción
del que come así como la novela lo es
para quien la lee - sólo debe existir
el personaje - uno o múltiple - creíble
y que soporte la abundancia de aspectos para
que el placer del espectador se concrete.
Todos
recordamos a Cary Grant y Bárbara Stanwick
jugando sus roles en la inolvidable "Algo
para recordar" ("algo", una escena,
para recordar) que se
recreó repetidamente en la industria
de Hollywood. Sam Raimi es un maestro experto
en este arte del detalle y lo demuestra acabadamente
en el Hombre Araña II, la cinta que relata
las nuevas andanzas de este
héroe tan especial y tan raro, tan esquivo
a la fama fácil de Superman, Batman y
Robin y otros habitantes del vasto e inigualable
continente del Comic.
Porque
el enmascarado del traje rojo y azul es antes
que nada, un tipo común y corriente al
que una picadura lo transformó en alguien
muy especial.
En
esta nueva versión del clásico
del viajero de las telarañas hay tres
escenas inolvidables, frases del texto cinematográfico
que refuerzan la imagen que todos deberíamos
tener del heroísmo y de los actos heroícos:
están al alcance de nuestras manos y
de nuestra voluntad, mientras seamos capaces
de aceptar el riesgo.
El
jovencito con las virtudes arácnidas
nos enseña que no hay pretexto válido
para la cobardía. Que al guapo de la
esquina hay que hacerle morder el polvo, que
no debemos volver la cabeza y mirar para otro
lado. Que
cuando caminamos por la vereda ella nos pertenece
y sólo corresponde la cesión del
espacio cuando nuestra discrecionalidad lo determine,
cuando nuestra voluntad de poder lo permita,
cuando nuestra dignidad lo
tolere.
Tobey
Maguire - el cuerpo y la actuación ideal
para el personaje - llega tarde al teatro donde
su amada está interpretando un papel
en una obra de Oscar Wilde, el acomodador le
hace atar los cordones de sus zapatos,
acomodar la corbata y luego lo hace guardar
silencio porque no puede ni hablar ni entrar
por un reglamento que lo impide.
¿Cuántas
veces nos pasó lo mismo a lo largo de
los años?
Algún
pensador sarcástico ha dicho que nuestra
vida en una interminable sucesión de
porteros y que la capacidad de sortearlos determina
nuestro éxito o fracaso existencial.
El
Guardián de la Puerta es en este caso
el fabuloso actor de la inolvidable película
"El Libro de los Muertos" - aquí
se llamó "Noche Alucinante"-,
Bruce Campbell, viejo amigo y compañero
de aventuras de Sam. Tobey Maguire - el implacable
asesino sureño de "Cabalgando con
la Muerte" y el huérfano de "Las
Reglas de la Vida" - con una sonrisa mansa
acepta la
prohibición de las reglas y se somete
al riesgo del castigo amoroso por no haber satisfecho
a la mujer que ama: No hay héroe si no
hay Otros que aprueben.
Un
piso cualquiera de un edificio especial: en
su terraza el Hombre Araña termina de
comprobar su pérdida de poderes por un
problema psicológico. Para volver a la
planta baja debe usar un ascensor y se encuentra
cara a cara con un pasajero bonito y acicalado
que se le insinúa discretamente alabando
su uniforme de diseño extraño
y fascinante.
El
héroe relata una molestia íntima
en la entrepernia y gambetea la trampa que sí
hizo caer a Michael Douglas en las garras panteras
y rubias de Glen Glose.
¿Cuántas
veces hemos compartido el sube y baja de los
riesgos incalculables y la fobia palpitante
con absolutos desconocidos?
En
este caso el pasajero es alguien muy especial:
Hal Sparks, uno de los intérpretes centrales
de la exitosa serie canadiense "Queer as
Folk", la saga que relata con lujo de detalles
la vida cotidiana de las comunidades gay y lesbiana
del gran país del norte y que entre nosotros
pudo verse en HBO.
La
escena número tres, es la nuez de la
crema rusa. Los salvados por el héroe
lo mantienen con sus brazos cuando se desploma
exhausto por el esfuerzo de detener un tren
a toda velocidad y lo llevan en andas a un
lugar seguro, sin máscara y comprobando
que bien podría ser uno de sus hijos
por la juventud de su cuerpo frágil e
indefenso.
Creo
que jamás se filmó a un super
héroe ayudado por tantos simples objetos
pasivos de los actos heroicos: los seres comunes
y corrientes que se convierten en protagonistas
de la trama, salvando al mito.
Un
verdadero giro copernicano que hace deseable
la tercer entrega de la saga del hombre al que
no se le ven los ojos, al que no se le conoce
el alma, según las tradiciones de las
tribus amazónicas.
Sam
Raimi con el auxilio de Tobey Maguire, Bruce
Campbell y Hal Sparks, nos demuestra que toda
gloria es pasajera y que su efímera duración
siempre depende de los Otros, de su voluntad
y de su coraje.
Y,
que en última instancia, el Terror está
dentro de nosotros acechándonos con la
máscara del pretexto y que siempre debemos
asumir la responsabilidad de nuestros actos.
Que
no podemos quedarnos tranquilos esperando como
el personaje de Kafka, que un portero casi invisible
se digne a franquearnos la Entrada a nuestro
destino.