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  EL CINE QUE VALE LA PENA
El Hombre Araña II: Tres escenas Inolvidables - por Guillermo Compte Cathcart
- Especial para La Unión Digital -

Según la leyenda, el Gran Akira Kurosawa habría dicho, durante la filmación de "Dersu Urzala", que una gran película es aquella que tiene alguna escena digna de ser recordada y mencionada por los espectadores a lo
largo de los años.

Borges, en varios reportajes, expresó un concepto similar cuando sólo reclamó para su mérito literario el haber escrito una página que valiera la pena, no más.

Cuando mi tío Francisco Plesinger - el checoeslovaco anarquista que siempre discutía con mi viejo, quien nunca le perdonó que se casara con la Beba, su hermanita del alma - levantaba las paredes de las casas que construía por profesión y vocación, se vanagloriaba por una hilera de ladrillos colocada perfectamente en el lugar debido, como mandan las
leyes eternas del hilo, la plomada y el nivel.

Una escena, una frase, una hilera de ladrillos.
Partes de un todo al cual sustentan y distinguen, como las gotas del buen aceite y el noble vinagre elevan a la modesta lechuga, a la vulgar cebolla y al fanfarrón tomate a la categoría de un plato exquisito merecedor
de tantos nombres en las distintas cartas gastronómicas a lo largo y a lo ancho del mundo.

Porque al fin y al cabo - una película es una ensalada preparada para la satisfacción del que come así como la novela lo es para quien la lee - sólo debe existir el personaje - uno o múltiple - creíble y que soporte la abundancia de aspectos para que el placer del espectador se concrete.

Todos recordamos a Cary Grant y Bárbara Stanwick jugando sus roles en la inolvidable "Algo para recordar" ("algo", una escena, para recordar) que se
recreó repetidamente en la industria de Hollywood. Sam Raimi es un maestro experto en este arte del detalle y lo demuestra acabadamente en el Hombre Araña II, la cinta que relata las nuevas andanzas de este
héroe tan especial y tan raro, tan esquivo a la fama fácil de Superman, Batman y Robin y otros habitantes del vasto e inigualable continente del Comic.

Porque el enmascarado del traje rojo y azul es antes que nada, un tipo común y corriente al que una picadura lo transformó en alguien muy especial.

En esta nueva versión del clásico del viajero de las telarañas hay tres escenas inolvidables, frases del texto cinematográfico que refuerzan la imagen que todos deberíamos tener del heroísmo y de los actos heroícos: están al alcance de nuestras manos y de nuestra voluntad, mientras seamos capaces de aceptar el riesgo.

El jovencito con las virtudes arácnidas nos enseña que no hay pretexto válido para la cobardía. Que al guapo de la esquina hay que hacerle morder el polvo, que no debemos volver la cabeza y mirar para otro lado. Que
cuando caminamos por la vereda ella nos pertenece y sólo corresponde la cesión del espacio cuando nuestra discrecionalidad lo determine, cuando nuestra voluntad de poder lo permita, cuando nuestra dignidad lo
tolere.

Tobey Maguire - el cuerpo y la actuación ideal para el personaje - llega tarde al teatro donde su amada está interpretando un papel en una obra de Oscar Wilde, el acomodador le hace atar los cordones de sus zapatos,
acomodar la corbata y luego lo hace guardar silencio porque no puede ni hablar ni entrar por un reglamento que lo impide.

¿Cuántas veces nos pasó lo mismo a lo largo de los años?

Algún pensador sarcástico ha dicho que nuestra vida en una interminable sucesión de porteros y que la capacidad de sortearlos determina nuestro éxito o fracaso existencial.

El Guardián de la Puerta es en este caso el fabuloso actor de la inolvidable película "El Libro de los Muertos" - aquí se llamó "Noche Alucinante"-, Bruce Campbell, viejo amigo y compañero de aventuras de Sam. Tobey Maguire - el implacable asesino sureño de "Cabalgando con la Muerte" y el huérfano de "Las Reglas de la Vida" - con una sonrisa mansa acepta la
prohibición de las reglas y se somete al riesgo del castigo amoroso por no haber satisfecho a la mujer que ama: No hay héroe si no hay Otros que aprueben.

Un piso cualquiera de un edificio especial: en su terraza el Hombre Araña termina de comprobar su pérdida de poderes por un problema psicológico. Para volver a la planta baja debe usar un ascensor y se encuentra cara a cara con un pasajero bonito y acicalado que se le insinúa discretamente alabando su uniforme de diseño extraño y fascinante.

El héroe relata una molestia íntima en la entrepernia y gambetea la trampa que sí hizo caer a Michael Douglas en las garras panteras y rubias de Glen Glose.

¿Cuántas veces hemos compartido el sube y baja de los riesgos incalculables y la fobia palpitante con absolutos desconocidos?

En este caso el pasajero es alguien muy especial: Hal Sparks, uno de los intérpretes centrales de la exitosa serie canadiense "Queer as Folk", la saga que relata con lujo de detalles la vida cotidiana de las comunidades gay y lesbiana del gran país del norte y que entre nosotros pudo verse en HBO.

La escena número tres, es la nuez de la crema rusa. Los salvados por el héroe lo mantienen con sus brazos cuando se desploma exhausto por el esfuerzo de detener un tren a toda velocidad y lo llevan en andas a un
lugar seguro, sin máscara y comprobando que bien podría ser uno de sus hijos por la juventud de su cuerpo frágil e indefenso.

Creo que jamás se filmó a un super héroe ayudado por tantos simples objetos pasivos de los actos heroicos: los seres comunes y corrientes que se convierten en protagonistas de la trama, salvando al mito.

Un verdadero giro copernicano que hace deseable la tercer entrega de la saga del hombre al que no se le ven los ojos, al que no se le conoce el alma, según las tradiciones de las tribus amazónicas.

Sam Raimi con el auxilio de Tobey Maguire, Bruce Campbell y Hal Sparks, nos demuestra que toda gloria es pasajera y que su efímera duración siempre depende de los Otros, de su voluntad y de su coraje.

Y, que en última instancia, el Terror está dentro de nosotros acechándonos con la máscara del pretexto y que siempre debemos asumir la responsabilidad de nuestros actos.

Que no podemos quedarnos tranquilos esperando como el personaje de Kafka, que un portero casi invisible se digne a franquearnos la Entrada a nuestro destino.