En
estos últimos días he leído en varios lugares
que el reciente triunfo electoral de Evo Morales
en Bolivia coloca en la primer magistratura
de un país americano "por primera vez en más
de quinientos a un miembro de los habitantes
originarios", lo que es una simple y burda falta
a la verdad, una mentira.
Esta
falsedad se asocia a otras que son funcionales
a nueva forma de racismo altamente peligrosa,
el neo-racismo indigenista que desde varios
sectores imperialistas se está esparciendo por
el territorio americano, especialmente al sur
del río Bravo.
Ya
San Martín había advertido en su proclama a
los peruanos al desembarcar en Pisco con su
ejércio libertador que "agentes foráneos pretenderían
exacerbar los intereses de castas para adueñarse
de las riquezas americanas" y que sólo había
que esperar que el tiempo permitiera a los esclavos
africanos, a los aborígenes, a los criollos
y a los europeos trasplantados unirse en un
verdadero proyecto nacional.
Cuando
se dice que Evo Morales será el primer presidente
aborígen en desempeñar la primer magistratura
de uno de nuestros países se estan olvidando
del Gran Benito Juárez.
Sólo
recuerdo - a los interesados - mi anterior nota
que dice: El Indio que no pagó la deuda externa
Estaba
releyendo el poema épico "Shaka el Grande" -
dedicado al emperador zulú que tanto luchó por
su pueblo en las primeras décadas del siglo
diecinueve - , escrito por el gran poeta sudafricano
Mazisi Kunene, cuando una frase de otro libro
- y sobre otro héroe - irrumpió en mi memoria
para recordarme a un tercer integrante de la
galería de seres humanos excepcionales que admiro
por la extraordinaria capacidad de lucha por
su pueblo, por su patria, por su identidad y
por su estirpe.
Extraña
jugarreta que hacen los libros llevándonos de
aquí para allá por los estantes de la biblioteca
cerebral que hemos construído con nuestras lecturas
a lo largo de la vida. ¿Sómos acaso un disco
duro que almacena datos que se movilizan y explicitan
con una palabra determinada? No lo sé, pero
como pasa con las brujas - en las que no creo
pero que sin ninguna duda existen - no es fácil
de explicar cómo se enlazan repentinamente y
sin motivo, Shaka Zulu, George Custer y Benito
Juárez.
Un
guerrero africano, un guerrero yankee y un estadista
zapoteca no se relacionan tan fácilmente, salvo
para aquellos para quienes el luchar contra
el imperialismo - o el querer hacerlo - es un
cruzar el Rubicón que separa a unas gentes de
las otras, cuando de otorgar nuestros respetos
se trata.
Shaka
no conoció a ninguno de los otros dos - y ellos
pueden haber leído algo sobre su gesta en los
periódicos, no más - pero George y Benito sí
se conocieron. En una situación muy especial
que seguramente ha pasado inadvertida para la
multitud de historiadores que ha escrito sobre
ambos, por separado.
Y
que amerita una reflexión que podemos extender
a todos los que tienen la enorme responsabilidad
de conducir un estado nacional, regional, provincial
o municipal en esta época signada por un brutal
imperialismo, no explícito - como lo fueron
los anteriores -, sino mimetizado con la piel
de cordero de la globalización.
Porque
no es bueno agregar a los reclamos sociales
y culturales fragmentados que caracterizan a
nuestra época más separación, una interpretación
lineal y esquemática de propio y lo extranjero,
de lo amigo y lo enemigo: sólo puede conducir
a las tribus y a las instituciones, el creador
de integración, el fabricante de espacios de
encuentro, el huésped de matices.
El
límite es siempre - como lo enseñan los grandes
de la historia - la propia identidad.
Benito
lo invitó a George a participar de una gesta
y George - el general rubio, apuesto y valiente
- quiso aceptar el convite, pero el presidente
de los Estados Unidos de Norteamérica le negó
el permiso.
¿Por
qué lo invitó Benito?
Imagino
dos respuestas pero, para comprenderlas, debemos
saber quién fue Benito Juárez.
Nació
el 21 de Marzo de 1806 en San Pablo Guelatao,
Oaxaca, México. Hijo de indios zapotecas quedó
huérfano a los tres años y hasta los doce sólo
habló en su lengua natal. A los doce años su
tío lo hizo comenzar su educación formal. Durante
una década estudió para ser cura pero en el
año 1829 abandonó el seminario e ingresó en
el Instituto de Artes y Ciencias de Oaxaca para
estudiar leyes. Cuando se recibió en 1831 comenzó
a trabajar en el municipio defendiendo a los
indígenas. Fue testigo de las aventuras del
Mariscal Santa Ana, contra los franceses que
invadieron México - para proteger a comerciantes
galos - y se llevaron su pierna, y contra David
Crockett y James Bowie en El Álamo.
Fue
testigo de la masacre de los Niños Héroes de
Chapultepec a manos de las hordas yankees que
invadieron la ciudad de México durante los últimos
días de la guerra por los estados de California,
Texas, Nuevo México, Arizona y Colorado. Luchó
para quitarle sus privilegios a la Iglesia Católica
y separar al Estado de la religión. Fue
Juez, Gobernador y Presidente. Estuvo exiliado
varios años en New Orleáns y volvió a ser presidente.
En
Julio de 1861 decidió suspender el pago de la
deuda externa por dos años.
Inglaterra, España y Francia invadieron la tierra
azteca. Por disputas entre las tres potencias,
España e Inglaterra se retiraron. Los franceses
fueron más lejos: Napoleón III y sus teóricos
- los franceses suelen disfrazar sus sueños
imperiales con fabulosas teorías que los giles
de todo el mundo compran con entusiasmo - inventaron
una palabra :"Latinoamérica", para justificar
su pretensión de hacer pié en estas tierras
y además, de regalo, enviaron a un engañado
emperador Maximiliano, Archiduque de Austria,
quien creía que los mexicanos lo habían elegido
su Dios en la tierra.
En
1866 en plena guerra contra los usurpadores,
Benito Juárez le pidió a George Armstrong Custer
que se hiciera cargo de las fuerzas mexicanas.
El héroe de la guerral civil norteamericana
aceptó el convite y comenzó a reunir un ejército
expedicionario de voluntarios para luchar codo
a codo con los enemigos de dos décadas atrás
para arrojar a los europeos al mar. Pero Johnson,
el sucesor de Abraham Lincoln, no le otorgó
el permiso correspondiente y lo nombró comandante
del famoso Séptimo de Caballería, el mismo que
cien años después inauguró oficialmente - con
el uso experimental de helicópteros - la guerra
de Vietnam en el Valle de la Muerte.
Benito
Juárez fusiló a Maximiliano - de nada valieron
los ruegos de Víctor Hugo, Garibaldi y todos
los monarcas del Viejo Mundo - y murió en 1872,
con la conciencia tranquila por haber cumplido
con su deber como hijo de estas tierras.
No
llegó a enterarse que su elegido - el Custer
que interpretó Errol Flyn en aquella memorable
"Murieron con las botas puestas" o que engañó
Dustin Hoffman como indio explorador en "Pequeño
Gran Hombre" - habría de morir con todos sus
hombres a orillas del Little Big Horn, Montana,
en 1876 a manos de Gall , otro indio americano
huérfano, de raza sioux, excelente estratega
y ahijado de Toro Sentado.
Benito
invitó a Custer porque le convenía tener de
su lado a tropas americanas conducidas por un
general carismático y popular desde el Atlántico
hasta el Pacífico. Por la Doctrina Monroe (América
para los americanos) y por esta presencia militar
yankee en México, los franceses deberían abandonar
sus sueños en estas tierras.
Prefiero la segunda explicación - para no hacer
de la interpretación histórica una suerte de
determinismo implacable, ese que afirma que
todo se hace siempre por una segunda intención
y que no es posible la gentileza y el reconocimiento
de las virtudes personales porque el Otro pertenece
al bando enemigo -, la que permite imaginar
que Benito Juárez , el prócer exiliado, trabajando
de mozo en un restaurant de New Orleáns conoció
al jóven Custer una tarde de otoño y conversaron
sobre sus sueños y sus luchas y se percataron
de aquello que los unía y por un momento olvidaron
las grandes diferencias que los separaban.
¿Qué
las fechas no lo avalan? No importa.
Imaginar que Benito admiraba a Custer es más
probable que imaginar que un indiecito zapoteca
huérfano llegue hablar y escribir a la perfección
en español, inglés y francés, que ponga de rodillas
a la mismísima Iglesia Católica y a sus aliados
conservadores, que dicte una constitución republicana
y federal, que llegue a ser Juez, integrante
de la Corte Suprema, Gobernador y Presidente
de su país y que fusile a un emperador de la
Casa de Habsburgo, títere de un Napoleón III
, a quien - más que dos grados de separación
- separaban de su ilustre ancestro.
Imaginar que Benito admiraba a Custer es más
probable que un argentino de cincuenta y ocho
años, leyendo un poema africano recuerde un
libro de cowboys que habla de la invitación
de un indio mexicano, el mismo que el lector
conoció a través de la colección Leyendas de
América, editada como revista en México durante
el año 1958 y que leía todas las semanas cuando
cursó el primer año del bachillerato en el Colegio
Nacional de Adrogué.
Imaginar
que Benito admiraba a Custer es más probable
que recordar a Paul Muni interpretando al estadista
mexicano y a Bette Davis en la piel de Carlota
llorando a su Maximiliano tirado junto al paredón
de fusilamiento con la cabeza destrozada por
el tiro de gracia de un oficial mexicano con
la sonrisa de Moctezuma en los ojos mirando
a Quetzalcóatl - el blanco - rendido a sus pies.