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  MEDITANDO EN LONGCHAMPS
¡Nunca más al racismo indigenista!: Recordemos a Benito Juárez - por Guillermo Compte Cathcart
- Especial para La Unión Digital -

En estos últimos días he leído en varios lugares que el reciente triunfo electoral de Evo Morales en Bolivia coloca en la primer magistratura de un país americano "por primera vez en más de quinientos a un miembro de los habitantes originarios", lo que es una simple y burda falta a la verdad, una mentira.

Esta falsedad se asocia a otras que son funcionales a nueva forma de racismo altamente peligrosa, el neo-racismo indigenista que desde varios sectores imperialistas se está esparciendo por el territorio americano, especialmente al sur del río Bravo.

Ya San Martín había advertido en su proclama a los peruanos al desembarcar en Pisco con su ejércio libertador que "agentes foráneos pretenderían exacerbar los intereses de castas para adueñarse de las riquezas americanas" y que sólo había que esperar que el tiempo permitiera a los esclavos africanos, a los aborígenes, a los criollos y a los europeos trasplantados unirse en un verdadero proyecto nacional.

Cuando se dice que Evo Morales será el primer presidente aborígen en desempeñar la primer magistratura de uno de nuestros países se estan olvidando del Gran Benito Juárez.

Sólo recuerdo - a los interesados - mi anterior nota que dice: El Indio que no pagó la deuda externa

Estaba releyendo el poema épico "Shaka el Grande" - dedicado al emperador zulú que tanto luchó por su pueblo en las primeras décadas del siglo diecinueve - , escrito por el gran poeta sudafricano Mazisi Kunene, cuando una frase de otro libro - y sobre otro héroe - irrumpió en mi memoria para recordarme a un tercer integrante de la galería de seres humanos excepcionales que admiro por la extraordinaria capacidad de lucha por su pueblo, por su patria, por su identidad y por su estirpe.

Extraña jugarreta que hacen los libros llevándonos de aquí para allá por los estantes de la biblioteca cerebral que hemos construído con nuestras lecturas a lo largo de la vida. ¿Sómos acaso un disco duro que almacena datos que se movilizan y explicitan con una palabra determinada? No lo sé, pero como pasa con las brujas - en las que no creo pero que sin ninguna duda existen - no es fácil de explicar cómo se enlazan repentinamente y sin motivo, Shaka Zulu, George Custer y Benito Juárez.

Un guerrero africano, un guerrero yankee y un estadista zapoteca no se relacionan tan fácilmente, salvo para aquellos para quienes el luchar contra el imperialismo - o el querer hacerlo - es un cruzar el Rubicón que separa a unas gentes de las otras, cuando de otorgar nuestros respetos se trata.

Shaka no conoció a ninguno de los otros dos - y ellos pueden haber leído algo sobre su gesta en los periódicos, no más - pero George y Benito sí se conocieron. En una situación muy especial que seguramente ha pasado inadvertida para la multitud de historiadores que ha escrito sobre ambos, por separado.

Y que amerita una reflexión que podemos extender a todos los que tienen la enorme responsabilidad de conducir un estado nacional, regional, provincial o municipal en esta época signada por un brutal imperialismo, no explícito - como lo fueron los anteriores -, sino mimetizado con la piel de cordero de la globalización.

Porque no es bueno agregar a los reclamos sociales y culturales fragmentados que caracterizan a nuestra época más separación, una interpretación lineal y esquemática de propio y lo extranjero, de lo amigo y lo enemigo: sólo puede conducir a las tribus y a las instituciones, el creador de integración, el fabricante de espacios de encuentro, el huésped de matices.

El límite es siempre - como lo enseñan los grandes de la historia - la propia identidad.

Benito lo invitó a George a participar de una gesta y George - el general rubio, apuesto y valiente - quiso aceptar el convite, pero el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica le negó el permiso.

¿Por qué lo invitó Benito?

Imagino dos respuestas pero, para comprenderlas, debemos saber quién fue Benito Juárez.

Nació el 21 de Marzo de 1806 en San Pablo Guelatao, Oaxaca, México. Hijo de indios zapotecas quedó huérfano a los tres años y hasta los doce sólo habló en su lengua natal. A los doce años su tío lo hizo comenzar su educación formal. Durante una década estudió para ser cura pero en el año 1829 abandonó el seminario e ingresó en el Instituto de Artes y Ciencias de Oaxaca para estudiar leyes. Cuando se recibió en 1831 comenzó a trabajar en el municipio defendiendo a los indígenas. Fue testigo de las aventuras del Mariscal Santa Ana, contra los franceses que invadieron México - para proteger a comerciantes galos - y se llevaron su pierna, y contra David Crockett y James Bowie en El Álamo.

Fue testigo de la masacre de los Niños Héroes de Chapultepec a manos de las hordas yankees que invadieron la ciudad de México durante los últimos días de la guerra por los estados de California, Texas, Nuevo México, Arizona y Colorado. Luchó para quitarle sus privilegios a la Iglesia Católica y separar al Estado de la religión. Fue Juez, Gobernador y Presidente. Estuvo exiliado varios años en New Orleáns y volvió a ser presidente.

En Julio de 1861 decidió suspender el pago de la deuda externa por dos años.

Inglaterra, España y Francia invadieron la tierra azteca. Por disputas entre las tres potencias, España e Inglaterra se retiraron. Los franceses fueron más lejos: Napoleón III y sus teóricos - los franceses suelen disfrazar sus sueños imperiales con fabulosas teorías que los giles de todo el mundo compran con entusiasmo - inventaron una palabra :"Latinoamérica", para justificar su pretensión de hacer pié en estas tierras y además, de regalo, enviaron a un engañado emperador Maximiliano, Archiduque de Austria, quien creía que los mexicanos lo habían elegido su Dios en la tierra.

En 1866 en plena guerra contra los usurpadores, Benito Juárez le pidió a George Armstrong Custer que se hiciera cargo de las fuerzas mexicanas. El héroe de la guerral civil norteamericana aceptó el convite y comenzó a reunir un ejército expedicionario de voluntarios para luchar codo a codo con los enemigos de dos décadas atrás para arrojar a los europeos al mar. Pero Johnson, el sucesor de Abraham Lincoln, no le otorgó el permiso correspondiente y lo nombró comandante del famoso Séptimo de Caballería, el mismo que cien años después inauguró oficialmente - con el uso experimental de helicópteros - la guerra de Vietnam en el Valle de la Muerte.

Benito Juárez fusiló a Maximiliano - de nada valieron los ruegos de Víctor Hugo, Garibaldi y todos los monarcas del Viejo Mundo - y murió en 1872, con la conciencia tranquila por haber cumplido con su deber como hijo de estas tierras.

No llegó a enterarse que su elegido - el Custer que interpretó Errol Flyn en aquella memorable "Murieron con las botas puestas" o que engañó Dustin Hoffman como indio explorador en "Pequeño Gran Hombre" - habría de morir con todos sus hombres a orillas del Little Big Horn, Montana, en 1876 a manos de Gall , otro indio americano huérfano, de raza sioux, excelente estratega y ahijado de Toro Sentado.

Benito invitó a Custer porque le convenía tener de su lado a tropas americanas conducidas por un general carismático y popular desde el Atlántico hasta el Pacífico. Por la Doctrina Monroe (América para los americanos) y por esta presencia militar yankee en México, los franceses deberían abandonar sus sueños en estas tierras.

Prefiero la segunda explicación - para no hacer de la interpretación histórica una suerte de determinismo implacable, ese que afirma que todo se hace siempre por una segunda intención y que no es posible la gentileza y el reconocimiento de las virtudes personales porque el Otro pertenece al bando enemigo -, la que permite imaginar que Benito Juárez , el prócer exiliado, trabajando de mozo en un restaurant de New Orleáns conoció al jóven Custer una tarde de otoño y conversaron sobre sus sueños y sus luchas y se percataron de aquello que los unía y por un momento olvidaron las grandes diferencias que los separaban.

¿Qué las fechas no lo avalan? No importa.

Imaginar que Benito admiraba a Custer es más probable que imaginar que un indiecito zapoteca huérfano llegue hablar y escribir a la perfección en español, inglés y francés, que ponga de rodillas a la mismísima Iglesia Católica y a sus aliados conservadores, que dicte una constitución republicana y federal, que llegue a ser Juez, integrante de la Corte Suprema, Gobernador y Presidente de su país y que fusile a un emperador de la Casa de Habsburgo, títere de un Napoleón III , a quien - más que dos grados de separación - separaban de su ilustre ancestro.

Imaginar que Benito admiraba a Custer es más probable que un argentino de cincuenta y ocho años, leyendo un poema africano recuerde un libro de cowboys que habla de la invitación de un indio mexicano, el mismo que el lector conoció a través de la colección Leyendas de América, editada como revista en México durante el año 1958 y que leía todas las semanas cuando cursó el primer año del bachillerato en el Colegio Nacional de Adrogué.

Imaginar que Benito admiraba a Custer es más probable que recordar a Paul Muni interpretando al estadista mexicano y a Bette Davis en la piel de Carlota llorando a su Maximiliano tirado junto al paredón de fusilamiento con la cabeza destrozada por el tiro de gracia de un oficial mexicano con la sonrisa de Moctezuma en los ojos mirando a Quetzalcóatl - el blanco - rendido a sus pies.